Aunque aparecen algunas señales de desaceleración en el deterioro de las finanzas familiares, los datos todavía no permiten considerar que la situación haya regresado a niveles normales. El problema se concentra especialmente en el financiamiento destinado al consumo.
Los préstamos personales presentan una irregularidad del 16,7%, mientras que en las tarjetas de crédito alcanza el 12,8%. En los créditos prendarios la proporción llega al 8,1% y en los hipotecarios se ubica en apenas 1,6%.
El escenario se produce en paralelo a una expansión del crédito. Sin embargo, el aumento del financiamiento convive con mayores dificultades para afrontar los pagos. Para una parte de los hogares, el endeudamiento comenzó a funcionar como una herramienta para sostener los gastos cotidianos frente a ingresos insuficientes y al peso de los consumos esenciales.
Una encuesta nacional mostró que el 58% de los consultados aseguró que él o algún integrante de su familia pidió un préstamo, utilizó una tarjeta o recurrió a algún mecanismo de financiamiento durante los últimos meses.
El destino de esos recursos refleja las prioridades de los hogares. El 26% señaló que utilizó el dinero principalmente para comprar alimentos, mientras que el 21% lo destinó a gastos del hogar. Otro 15% lo empleó para pagar servicios, impuestos u otras obligaciones y un 14% recurrió al financiamiento para cancelar deudas anteriores.
La presión sobre las cuentas familiares también se observa en los atrasos. El 54% de los encuestados afirmó que dejó de pagar o se demoró en alguna obligación por motivos económicos. Entre quienes atravesaron esa situación, el 46% mencionó atrasos en servicios, el 36% en tarjetas de crédito y el 33% en préstamos u otras deudas.
Ese 54% no significa que más de la mitad de la población se encuentre en mora bancaria. La medición contempla tanto compromisos financieros como pagos corrientes, mientras que la estadística bancaria registra específicamente los saldos de créditos que se encuentran en situación irregular.
La dificultad para pagar tampoco se distribuye de manera uniforme entre los distintos sectores de ingresos. El 72% de las personas pertenecientes al segmento de menores recursos declaró haber tenido algún atraso, frente al 43% del nivel medio y el 30% del nivel alto.
Los jóvenes también presentan una mayor exposición al incumplimiento. Entre las personas con crédito, el 37% de quienes tienen entre 18 y 25 años afirmó encontrarse en mora. La misma proporción se registra entre los de 26 a 35 años. A partir de allí, el porcentaje disminuye de manera progresiva hasta llegar al 16% entre quienes tienen más de 66 años.
Pese al deterioro de las finanzas familiares, el escenario no implica una crisis del sistema bancario. Los datos del Banco Central muestran que las previsiones cubren el 87,6% de la cartera irregular, mientras que la integración de capital alcanza el 30,5% de los activos ponderados por riesgo.
El desafío pasa por lograr que la recuperación del crédito esté acompañada por una mejora sostenible de los ingresos y por herramientas que permitan evitar un aumento del sobreendeudamiento. También resulta relevante fortalecer la transparencia y los mecanismos de regularización para evitar que dificultades de pago transitorias terminen derivando en una exclusión financiera de largo plazo.





