“En la actualidad, vivimos en un sistema que prioriza la productividad y fomenta un estado de constante hipervigilancia en los adultos. Esto limita las oportunidades para la conexión emocional y la presencia en la crianza”, comenta Brenda Tróccoli, experta en crianza y familias.
Los niños, aunque puedan no saber cómo expresarlo, logran percibir el malestar de los adultos. Muchas conductas que se consideran “mal comportamiento” son en realidad intentos de los pequeños por recuperar la atención y el apoyo emocional de quienes los cuidan.
“Se genera un ciclo difícil de romper: el niño intensifica su comportamiento, el adulto reacciona con enojo debido a la incapacidad de manejar la situación, y el conflicto se convierte en el eje de la vida familiar”, resume Tróccoli.
A menudo, para evitar estas tensiones, algunas familias programan múltiples actividades para los niños, pensando que así disminuirán su energía y reducirán el tiempo de convivencia. Sin embargo, esto a largo plazo puede debilitar los lazos afectivos y contribuir a problemas emocionales y conductuales.
La solución no radica en disminuir el contacto ni en aumentar los permisos. La primera opción solo oculta problemas evidentes que deberán ser afrontados más adelante, mientras que la segunda podría dejar a los niños aún más desorientados.
“Cuando los adultos se alejan, ceden su lugar como figuras de autoridad, lo que provoca que los niños se confundan. Cada familia requiere un liderazgo, y si este vacío no se llena, alguien debe tomar el control. En ocasiones, son los propios niños quienes intentan regular el clima emocional en el hogar, no por manipular, sino porque el sistema familiar requiere de alguien que guíe”, señala.
El error de confundir la crianza respetuosa, que ha sido un avance significativo frente a modelos autoritarios, con la falta de límites o autoridad es común.
Julieta Balonchard, Licenciada en Psicología, apunta que la crianza respetuosa implica nuevas exigencias: “Los padres deben estar emocionalmente disponibles y estimular el desarrollo de sus hijos en cada etapa, regular también sus emociones”.
“En la lógica del bienestar contemporáneo, pareciera que cualquier malestar puede ser evitado siguiendo las pautas adecuadas. Influencers y profesionales a menudo ofrecen consejos sobre cómo ser un buen padre o madre”, agrega Balonchard.
“Uno de los peligros de ciertos discursos actuales sobre crianza es que las funciones de límite y autoridad pueden perderse. La noción errónea de que validar las emociones de los niños asegura mayor competencia en su vida adulta ha llevado a muchos a olvidar que sin un marco claro, los niños pueden tener dificultades para aceptar la frustración o reconocer las necesidades de los demás”, enfatiza.
“Los límites son fundamentales en la formación de la personalidad, aportando seguridad, regulación emocional y habilidades para convivir. La autoridad es esencial para organizar y proteger. Escuchar a un niño y considerar sus sentimientos no significa que siempre tenga la última palabra. Existen temas no negociables relacionados con la salud, seguridad y valores que las familias deciden transmitir”, sostiene Tróccoli.
“En momentos de fatiga y estrés, muchas veces cedemos ante las reacciones de los niños en lugar de enfrentarlas. Buscamos la solución inmediata en lugar de acompañar la frustración sin abandonar nuestro rol como adultos”, admite Tróccoli.
Balonchard sugiere reintegrar la educación en este proceso. “La crianza se enfoca en el cuidado y la respuesta a necesidades afectivas, mientras que la educación introduce al niño a un mundo compartido donde hay normas y límites”.
El diálogo y la interacción con otros son fundamentales para pasar de un vínculo privado a un escenario colectivo, donde se establecen normas de convivencia. “Criar implica ofrecer cuidado, mientras que educar es también transmitir una cultura, enseñando que no todos los deseos se satisfacen de inmediato”, explica.
Actualmente se discute mucho sobre la importancia de “criar en tribu”, implicando no solo compartir la crianza con otros padres, sino funcionar inmersos en una red social amplia que incluye escuelas y comunidades que contribuyen a la educación.
La cultura proporciona estructuras y límites que son fundamentales para establecer relaciones saludables. “Es esencial recuperar el valor de la educación en la crianza, no para retornar a modelos autoritarios, sino para recordar que criarlos implica también responsabilizarlos dentro de un contexto social”, concluye Balonchard.
“Libros y consejos pueden ofrecer herramientas útiles, pero no reemplazan el trabajo interno de cada adulto. Criar es encontrar respuestas donde no hay fórmulas universales, y es un proceso lleno de incertidumbres y conflictos”, considera.
“Muchos intentan criar de forma diferente sin haber confrontado sus propias experiencias. Provienen de modelos autoritarios y, al tratar de evitarlos, muchos renuncian a ejercer la autoridad”, añade Tróccoli.
Lejos de las soluciones únicas, hábitos simples como “cenar en familia sin distracciones”, “escucharnos” y “no gritar” pueden formar la base de límites que se tornan difíciles de establecer, y abrir esos caminos para salir del malestar.
Así, el entorno familiar podría transformarse en un lugar compartido y enriquecedor para todos sus miembros.





