“¿La pandemia ha forjado un modelo de cuidado doméstico que continúa en el tiempo?”, se pregunta Parisi. “Hay un intento de vivir de manera más restringida en cuanto al contagio de virus y bacterias. Sin embargo, no podemos achacar únicamente este fenómeno a la pandemia. La crisis sanitaria fue simplemente la expresión más aguda de una tendencia que venimos cultivando desde hace años. Nuestra historia reciente ha estado marcada por la llamada hipótesis o ‘teoría de la higiene’, que postulaba que si no existe una exposición a virus y bacterias desde el nacimiento, nuestro sistema inmunológico no se desarrollaría adecuadamente y respondería de manera ineficaz. Recuerdo que había un artículo en una importante revista médica que decía: ‘Por favor, tosa sobre mi hijo’, lo que denota que las infecciones virales comunes en la infancia son, en cierta medida, necesarias para que el sistema inmunológico comience a funcionar de manera equilibrada.
“Con el tiempo, esta teoría fue evolucionando. Se dio paso a lo que se conoce como ‘teoría de los buenos amigos’, que considera a la microbiota y a los microorganismos que cohabitan con nosotros, los cuales tienen efectos claramente benéficos para la salud. Sin embargo, durante la pandemia, este tema se exacerbó debido al temor que generaba la falta de conocimiento sobre el virus. Como resultado, las personas han buscado evitar a toda costa el contacto con bacterias, lo cual no es favorable para nuestro organismo. Aunque faltan estudios concretos que avalen esta noción, es probable que el aislamiento haya empeorado la respuesta de nuestro sistema inmunológico.
“El impacto de la pandemia y del aislamiento en los niños es significativo, en particular para los recién nacidos. En el caso de los adultos, el sistema inmunológico ya estaba desarrollado, por lo que el daño puede no ser tan evidente. Pero los nuevos nacimientos han experimentado una falta de estímulos beneficiosos desde su inicio, lo que incluye el incremento en los partos por cesárea y la reducción en los cuadros infecciosos frecuentes, ya que el Covid-19 ha predominado en esta etapa. La escasa exposición a la naturaleza y a diversas bacterias que se encuentran en ella ha tenido sin duda un impacto.
“Cuando el sistema inmunológico no es bien educado en los primeros años de vida, comienza a reaccionar de manera inapropiada ante estímulos que normalmente no deberían causar problemas. Esto da lugar a reacciones alérgicas frente a sustancias como pólenes, proteínas de ácaros, epitelios de animales y hongos, generando una respuesta inflamatoria. Un claro ejemplo de ello es la rinitis alérgica, que es un proceso inflamatorio de la nariz, pero también existen alergias alimentarias, alergias a picaduras de insectos y asma, entre otras. Todas estas enfermedades han evidenciado un incremento significativo. Además, se ha observado un aumento en las enfermedades autoinmunes, en las que el sistema inmunológico termina atacando al organismo mismo, como sucede con la diabetes tipo 1.
“Sin embargo, la pregunta que surge es si esta falta de tolerancia se puede modificar, o si, una vez que la alergia se ha manifestado, resulta irreversible. Actualmente, las opciones son limitadas en cuanto a la modificación de estas alteraciones, ya que una vez que el sistema inmunológico se ve afectado, las soluciones se centran en tratamientos que permiten una inmunomodulación. Con ciertos tratamientos, se puede obtener una mejora transitoria, pero no existe una cura definitiva una vez que estas enfermedades se inician y se encuentran ligadas tanto a factores genéticos como ambientales. Es importante tomar en cuenta que la microbiota influye en la activación de ciertos genes, y una vez que estos se activan, resulta imposible apagarlos. Por ello, es crucial actuar de manera preventiva en la ventana de oportunidades que se presenta desde el nacimiento hasta los tres años.
“¿Entonces, si se aprovecha esta ventana de tiempo, se podría evitar la progresión hacia alergias, la denominada ‘marcha atópica’? Es factible, aunque depende del momento en el que se intervenga. Es necesario actuar de manera oportuna. El concepto de ‘marcha atópica’ se refiere a que una persona puede desarrollar una enfermedad alérgica que posteriormente se resuelve, pero luego aparece otra en un orden bien definido como dermatitis atópica, asma y alergia alimentaria. Estas condiciones tienden a manifestarse progresivamente a lo largo de la vida. Una hipótesis sugiere que, en el caso de la dermatitis atópica, la piel es más permeable, permitiendo la entrada de elementos del medio ambiente, entre los que se incluyen las proteínas alergénicas. Por lo tanto, si se repara la barrera cutánea y se disminuye su permeabilidad, se podría evitar el desarrollo de otras enfermedades alérgicas, pero es fundamental hacerlo de forma precoz. Algunos estudios han indicado que, al actuar rápidamente, es posible limitar o reducir la probabilidad de que la marcha alérgica se materialice.
“Adentrándonos en el tema de la piel, ¿es factible que una epidermis seca genere un entorno propicio para que ingresen alérgenos? Así es. La piel está compuesta por células que están muy unidas entre sí y mantiene un intercambio controlado con el medio externo. No obstante, cuando hay dermatitis atópica, por cuestiones genéticas, la unión celular está comprometida, lo que provoca pérdida de humedad en la piel y su posterior sequedad. Esto, a su vez, permite la entrada de agentes externos, y el sistema inmunológico reacciona al reconocer esos elementos extraños, generando una respuesta inflamatoria. Esa respuesta puede generar la producción de anticuerpos alergénicos que pueden propagarse por el organismo, generando posteriormente otras alergias.
“Sin embargo, no todas las alergias comienzan con dermatitis atópica. A veces, una alergia alimentaria puede ser el primer signo. Una propuesta interesante es la hipótesis de exposición dual, que sugiere que, si se introducen determinados alimentos durante los primeros seis meses de vida, se reduce el riesgo de desarrollar alergias alimentarias en comparación con la introducción tardía. Anteriormente, en pediatría, recomendábamos esperar hasta el año para introducir alimentos como huevos, pescados o maní debido a temores sobre posibles alergias. Hoy en día, se ha aprendido que, al introducir estos alimentos de manera temprana, se puede disminuir el riesgo. Este enfoque se fundamenta en que, si la exposición inicial a los alimentos ocurre a través de la piel, se desencadenan alergias, mientras que la exposición a través del sistema digestivo fomenta la tolerancia.
“Por lo tanto, se ha producido un cambio significativo en el enfoque de este aspecto en los últimos años. Actualmente, la recomendación es no evitar los alimentos. La autoridad en pediatría aconseja iniciar con alimentos semi-sólidos a los seis meses, manteniendo la lactancia materna todo lo posible, pero evitando postergar la introducción de alimentos, ya que eso podría aumentar el riesgo de alergias.
“Finalmente, ¿cuál sería un hábito esencial que incrementa el riesgo de desarrollar alergias? La falta de contacto con la naturaleza. Vivimos cada vez más encerrados, consumiendo más tiempo en pantallas y con poco contacto al aire libre, con el entorno natural y con animales. A su vez, la alimentación y la exposición a la luz solar son cruciales. Se ha evidenciado que los niños que crecen en entornos rurales, con contacto frecuente con animales y una mayor exposición controlada al sol, desarrollan una mejor respuesta inmunológica. En este sentido, muchas de nuestras prácticas son perjudiciales: consumimos alimentos no naturales, insuficientes en frutas y verduras, y a menudo padecemos deficiencias de vitamina D. Esta combinación de factores se traduce en un aumento de alergias. Es importante recordar que somos parte de la naturaleza y que estamos viviendo de manera artificial.





