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A 30 años de la muerte de Gilda, tres integrantes de su banda recuerdan la tragedia: “Ella era una mujer empoderada”

7 septiembre, 2026
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A 30 años de la muerte de Gilda, tres integrantes de su banda recuerdan la tragedia: “Ella era una mujer empoderada”
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El sonido del impacto fue desgarrador. Primero, se oyó un golpe seco, luego el crujir de los metales retorciéndose y el silencio que no tardó en ser interrumpido por gritos aterradores. El colectivo, que avanzaba a 70 kilómetros por hora hacia Chajarí en Entre Ríos, quedó atravesado en la ruta 12, con la parte delantera completamente destrozada. Era como un acordeón. Así lo relatan, tres décadas después, Daniel De la Cruz, Ricardo Fuentes y Mario Riquelme, sobrevivientes del trágico accidente que conmocionó a la música popular y a la sociedad argentina. El 7 de septiembre, a las 7 de la tarde, murieron siete personas; entre ellas, Gilda, un ícono de la cumbia argentina. Ese día, comenzó a formarse su mito. Además de Gilda, también fallecieron su hija Mariel, su madre Isabel Scioli, el chofer Elvio Mazzucco y los músicos Quique Tolosa, Gustavo Babini y Raúl Larrosa. “Venía durmiendo cuando escuché el golpe terrible. Sentí los fierros retorciéndose, y luego un silencio que fue interrumpido por gritos desgarradores y llantos. Fue terrible. Me desperté y no entendía qué estaba pasando”, recuerda ahora Danny de la Cruz, uno de los pasajeros que logró sobrevivir. Miriam Alejandra Bianchi, conocida artísticamente como Gilda, rompió con la imagen tradicional de las cantantes de bailanta de su tiempo, transformando el rol y el prestigio del género en los años 90. Su carrera en solitario incluyó cuatro discos que marcaron un hito en la movida tropical y que, hasta el día de hoy, continúan siendo populares, superando los 500 millones de reproducciones en total. Entre sus álbumes se encuentran De corazón a corazón (1992), La única (1993), Pasito a pasito con… Gilda (1994) y Corazón valiente (1995). Tras su fallecimiento, se lanzó un álbum póstumo titulado Por Siempre Gilda (1997). Gilda era maestra jardinera, hija de un empleado público y de una profesora de piano. Creció en el barrio de Villa Devoto, en Buenos Aires. Su carrera como cantante tropical había comenzado solo unos años antes del accidente. “A mí no me gustaría pasar de moda”, afirmó Gilda en una de sus giras. Esta anécdota es recordada por De la Cruz, trompetista de la banda y actualmente músico de Damas Gratis. Durante un viaje, Gilda le confesó que no quería ver el día en que su carrera se desvaneciera o su nombre quedara en el olvido. Tres décadas después de su muerte, ese temor no se ha cumplido; su música sigue resonando a través de generaciones. Las giras eran duras y agotadoras. “Solemos salir los jueves y regresar los martes. A veces, pasamos entre cuatro y cinco días a la semana conviviendo en la ruta. Pasábamos más tiempo juntos que con nuestras propias familias”, comentó Ricardo Fuentes, un plomo (asistente) de la banda que vive actualmente en Bernal y trabaja para la municipalidad. El último viaje había comenzado al mediodía. Gilda había realizado un show en los estudios de Canal 2, en la calle Humboldt, en la Capital Federal. Mario Riquelme, el asistente de la banda, recordó que él y Elvio, el chofer del colectivo, se habían ido a almorzar, como era habitual, antes de dirigirse a Entre Ríos. Hoy, Mario trabaja en la construcción y los fines de semana es árbitro de fútbol. Lo que más llamó su atención de esa jornada fue el hecho de que después del programa de televisión, Gilda decidió desviarse hasta Villa Devoto para visitar a su madre y a sus hijos, Fabricio y Mariel. “No estaba programado, sucedió porque se le ocurrió. Nos sorprendió, pero no nos pareció extraño”, relatan. Los sobrevivientes mencionaron que Gilda a menudo sumaba a sus hijos en sus viajes, pero insistieron en que su madre nunca viajaba con ellos. “Esa fue la primera vez que vino Isabel”. “Parecía un día normal, aunque teníamos un poco de sueño porque habíamos tocado la noche anterior y habíamos ido a la televisión. La mayoría iba durmiendo porque la ruta estaba muy tranquila”, comentan los sobrevivientes. Aparte, el clima era lluvioso, y durante el trayecto, iban charlando y descansando, tal como era habitual. En el colectivo, viajaban 18 personas: algunas estaban sentadas y otras dormían en las cuchetas. En el kilómetro 129 de la Ruta Nacional 12, un camión brasileño de carga intentó adelantar a otro vehículo, cruzó de mano y chocó de frente con el colectivo. Gilda estaba sentada, con su hija en su regazo; Mario estaba cerca de la puerta, y Daniel dormía en la cucheta del lado derecho. Ricardo, quien generalmente ocupaba su habitual cuna, se encontró esa tarde en el pasillo porque su cuñado había tomado su lugar. Este cambio fue decisivo. El impacto fue tan violento que su cuñado sufrió una lesión medular. “Estaba acostado boca abajo. Se lastimó la médula en la quinta y sexta vértebras. Sobrevivió, pero desde ese momento quedó en silla de ruedas”, comentó Ricardo. La colisión creó un efecto dominó. Inmediatamente detrás del colectivo venían dos automóviles: un Ford Falcon y un Fiat 147. “Había olor a quemado, como cuando calientan un metal oxidado. Estaba dormido y el ruido me despertó”, rememora Daniel. Aturdido y descalzo, salió caminando por el frente del colectivo. “Fue un choque colosal. Cuando me incorporé, me di cuenta de que el micro terminaba donde estaba yo, en el medio de la ruta. Tenía el frente totalmente arrasado”, relata Ricardo Fuentes. Mario se había quedado atrapado entre las cuchetas y describe que “todo se oscureció. Sentí una sensación intensa de encierro. Se había apagado todo el sonido sobre mí. Pregunté qué había pasado, y recuerdo que Ricardo me dijo: ‘Chocamos’, pero no comprendía nada. La desesperación me dio fuerza, porque no sé cómo lo hice, pero logré despegar los metales de encima y pude salir”. Ricardo recordó que estaba siguiendo el partido de Boca Juniors hasta que vio el camión aproximándose. “Estábamos ganando frente a Lanús 1 a 0 con un gol de Guerra, y de repente lo vi. Fui el único que percibió el camión y supe que nos iba a chocar. Se cruzó de carril. Recuerdo incluso el color del colectivo, que era anaranjado, y el buzo del conductor, que era amarillo”. Luego del choque, Ricardo despertó con un brazo atascado debajo de los equipos de sonido y una fractura de peroné. En medio de la oscuridad, un niño le tomó el otro brazo. Era Fabricio, el hijo de Gilda, que tenía 8 años y estaba atrapado. “Yo le agarré la mano, pero estaba rodeado de fierros. ¿Cómo lo iba a sacar? Gritaba pidiendo a su madre. Tenía las dos piernas rotas y, encima, vi que estaba Memo, el sonidista, entre los metales. No quería soltar su mano. No quería que él se moviera. Tampoco quería que presenciara lo que había pasado detrás de él: su mamá Gilda y su hermana Mariel”, relata Ricardo. “¿Qué hicimos? Esperamos. Y mientras tanto, le gritamos y maldecíamos al camionero”. Ricardo comenta que tuvo tiempo de observar la escena mientras sostenía la mano de Fabricio y aguardaba: “Gilda estaba sentada en su asiento, con la cabeza inclinada hacia abajo. No tenía un rasguño. Después me enteré de que se había desnucado”. Cuando llegaron las ambulancias, llevaron a los heridos al hospital de Zárate, a unos 55 kilómetros del lugar del accidente. Mientras los sobrevivientes eran atendidos en camillas, el camionero brasileño gritaba que quería comer pizza. “Pasó por el pasillo pidiendo pizza. Cuando lo escuché, quise levantarme para golpearlo”, recuerda Ricardo. Para sus músicos y asistentes, Miriam no era solo una figura pública. Era la mujer que viajaba con ellos, que se sentaba en la misma mesa y compartía momentos familiares como Año Nuevo, Navidad, cumpleaños y fines de semana. “Abajo del escenario éramos todos iguales”, enfatizan Daniel, Ricardo y Mario. Fuera del show, compartían mate, jugaban al truco y comían juntos. Gilda también cocinaba. “Éramos como una familia; a veces, Gilda hacía milanesas”, subrayan. Según los testimonios, era una mujer tranquila y cariñosa, pero con un carácter fuerte. “Tenía un carácter robusto. Cuando se enojaba, lo hacía por completo. Era estricta con el trabajo”, destacan. Mario recuerda que una vez, durante una gira, compraron dos damajuanas de vino para beber durante el viaje. Gilda, al sentir el olor, preguntó qué era y ordenó que tiraran el vino. “El colectivo tuvo que detenerse, y las damajuanas terminaron en la banquina”, menciona entre risas. “Para ella, la gente era lo primero, y después el resto. Aunque fueran solo 20 personas, Gilda se presentaba para esas 20”, destaca Riquelme sobre su dedicación al público. Habían llegado a realizar 34 bailes en tres noches. A pesar del cansancio, sus músicos comentan que “a Gilda le costaba irse después de los shows. Se quedaba con la gente, firmaba autógrafos y saludaba a sus fanáticos. No subía a la camioneta o al colectivo hasta el último autógrafo”, narran. La recuerdan como una mujer común: “Miriam era una madre que llevaba a sus hijos al colegio, limpiaba y planchaba, pero también discutía cuando no le gustaba algo. Era una mujer empoderada”. Se destacó por haber llevado adelante su carrera en un ambiente tan complejo y hostil como el de la movida tropical de los 90 en Argentina. Quienes la conocieron la describen como “una mujer que no era fácil de llevar por delante”. Si bien los sobrevivientes dudan que ella haya sido plenamente consciente de su influencia, Gilda utilizaba sus shows para enviar mensajes directos de fortaleza a las mujeres. Entre canción y canción, usaba la introducción de sus temas para aconsejar a su público femenino. Por ejemplo, antes de cantar Te cerraré la puerta, se dirigía al público y decía: “Esto, chicas, no hay que dejarse hacer nunca”. Con No me arrepiento de este amor, reforzaba la idea diciendo: “Chicas, nunca, nunca se arrepientan de ese amor”. Durante años, los medios y las discográficas del momento presentaron a Toti Giménez, representante de Gilda, como el gran amor o esposo de la cantante. Sin embargo, quienes compartieron las giras aseguran lo contrario: “Nunca los vimos darse un beso. Nunca los vimos caminar de la mano”, comentan. Según el equipo de trabajo, la imagen de Toti como pareja y socio cumplía el propósito de proteger a Gilda en un entorno machista. Aunque ellos coinciden en que Toti estaba enamorado. “La seguía a todos lados y era muy celoso. Por ejemplo, durante un show, debíamos estar abajo del escenario de espaldas porque Toti no quería que la miráramos”, comentan. También hablan del mito en torno al disco póstumo de Gilda. La historia que Toti declaró públicamente sobre el famoso cassette que apareció “milagrosamente” en la ruta tras el accidente tiene otra interpretación para los músicos. Para ellos, fue solo una estrategia comercial de la discográfica. “Eso fue puro marketing, todo era mentira”. Además, aclaran que ni siquiera participaron en el disco póstumo: “Tomaron una maqueta, un demo casero, aislaron digitalmente la voz de Gilda y grabaron sobre eso con otros músicos de estudio. Así nació un material que luego fue presentado como una producción póstuma de la cantante”, afirman. A 30 años del accidente, el santuario de Gilda sigue presente al costado de la ruta 12, cerca del lugar donde ocurrió la tragedia, junto al río Paranacito. El colectivo, con los fierros completamente oxidados, está cubierto de ofrendas que los devotos dejan cada día. Dentro, se pueden ver banderas, chupetes, guardapolvos, billetes, collares y camisetas que cuelgan de las ventanas. A su lado, hay una capilla. Más atrás, una parrilla para aquellos fieles que vienen a pasar el día. Después de aquel 7 de septiembre de 1996, Gilda se convirtió en una figura de culto para sus fanáticos, una santa pagana y milagrosa a la que muchos aún recurren en busca de ayuda. La mística que rodea a lo que Gilda representa para sus seguidores no comenzó tras su muerte. Ya en vida, había personas que se acercaban a ella para pedirle que las tocara, creyendo que les traía suerte. Su fama como poseedora de supuestos dotes espirituales se propagaba de boca en boca. “También circulaba la historia de una niña que afirmaba que su madre se había recuperado tras escuchar sus canciones. Gilda se reía de esto con respeto y calidez. Nunca actuaba como si tuviera poderes”, dice Ricardo. Los músicos y asistentes respetan la devoción de los fieles, pero insistieron en que “la gente necesita creer en algo”. Para ellos, Gilda estaba lejos de ser una santa. Subrayan que era simplemente “una mujer común, una madre de casa”. A su juicio, la “ídola” quedaba en el escenario. Abajo, era una compañera más, parte de una familia donde todos eran iguales. “Los que tocábamos con Gilda éramos una familia. Ella misma lo decía: que arriba del escenario cada uno tenía un papel, pero que teníamos que ayudarnos. Y funcionábamos así”, coinciden.
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