Las flores en cuestión son la caléndula, el alelí y la nigella. Con los cuidados necesarios, estas especies pueden desarrollarse sin problemas y aportar un color vibrante al jardín, patio, balcón o terraza.
La caléndula (Calendula officinalis) es una opción ideal para quienes desean resultados rápidos. Soporta bien las bajas temperaturas y generalmente es una de las primeras en florecer con la llegada de la primavera. Además de su estética, esta flor atrae abejas y otros polinizadores, lo que beneficia a las demás plantas del entorno.
Para su cultivo, se puede sembrar directamente en la tierra o en macetas, eligiendo un lugar que reciba entre cuatro y seis horas de sol al día. Es fundamental mantener el sustrato húmedo, evitando el encharcamiento. Su floración abarca desde la primavera hasta gran parte del verano.
El alelí (Matthiola incana) es otra variedad sugerida para sembrar a fin de invierno. Se distingue por sus racimos de flores fragantes, que pueden ser blancas, rosas, lilas, amarillas o violetas.
Agosto proporciona un ambiente favorable para que esta planta desarrolle un sistema radicular robusto antes de la floración primaveral. Prefiere plena exposición al sol, suelos fértiles y bien drenados, además de riegos moderados. Sus flores pueden perdurar varias semanas durante la primavera.
Por último, la nigella (Nigella damascena), conocida como “amor en la niebla”, es una planta anual que se suele sembrar al final del invierno y principios de primavera. Produce delicadas flores en tonos azules, blancos o rosados, rodeadas de un follaje fino que le confiere un aspecto ornamental.
Es aconsejable sembrarla directamente en su lugar definitivo, ya que no se adapta bien a los trasplantes. Requiere plena exposición solar y suelos ligeros con buen drenaje. Su período de floración generalmente ocurre durante la primavera y principios del verano.





