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Una argentina relata su aterrador paso por el ICE: ‘Es un negocio. Cuanto más gastás, más tiempo te tienen detenido’

18 septiembre, 2026
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Una argentina relata su aterrador paso por el ICE: ‘Es un negocio. Cuanto más gastás, más tiempo te tienen detenido’
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“¿Vos sos Agustina?”. La joven se encontraba sentada en uno de los sillones frente a la puerta de embarque del aeropuerto de San Francisco, Estados Unidos. Eran las 22 horas y faltaban 15 minutos para que se abrieran las puertas del avión que la llevaría a Atlanta para ver el partido de Argentina contra Inglaterra. Mientras conversaba y se reía a la distancia con su pareja, un grupo de siete hombres vestidos de negro, con gorras y anteojos de sol, se acercó y formó una barrera entre ella y su compañero. “Te tenemos que hacer unas preguntas, nos tenés que acompañar”, le dijeron, llevándola pronto a un cuarto pequeño donde aparecieron las esposas. “Somos del ICE”, anunciaron. En ese momento, recuerda, “se me vino el mundo abajo”. Las letras ICE, que se pronuncian como ‘hielo’ en inglés, hacen referencia al Servicio de Inmigración y Control de Aduanas.

La llevaron esposada, con las manos detrás de la espalda y el abrigo encima para ocultar las esposas. Fuera del aeropuerto, una combi blanca, sin etiquetas ni identificación, las esperaba. Un oficial sacó cadenas y le ató los pies, luego la cintura y finalmente posicionó las manos contra su cuerpo, sintiendo el peso del metal lastimarla.

El espacio en la combi era reducido e incómodo. “Soy claustrofóbica y cuando cerraron las puertas, apenas había una ventanita con agujeros por donde podía ver algo de la calle”, relata. Al mirar las cadenas, no pudo contener las lágrimas. Una hora después, al escuchar el arranque del vehículo, escuchó a los oficiales comunicándose entre sí a través de radios, riéndose. “The next body arrived”, decían. Esa frase quedó marcada en su mente. No se referían a personas, sino a “cuerpos”, y hablaban de a quién iban a targetear a continuación. Esa noche, ella fue la primera detenida de cuatro personas arrestadas en el aeropuerto. “Ellos sabían exactamente quién era porque fueron directamente a mí”, menciona, clara.

Agustina se presenta como periodista. Se trasladó a México en 2018 para hacer un voluntariado y, después de eso, no volvió. Tiene su residencia allí, pero desde 2020 había viajado periódicamente a California. Se movía en un motorhome que compró y convirtió en su hogar. Dentro, tenía su perro Selmo, su pareja, sus amigos, todo lo que sentía como su familia.

Utilizaba su pasaporte italiano y visa de turista para ciudadanos europeos, un trayecto que había recorrido durante años sin contratiempos. Pero esta vez decidió quedarse más tiempo. Había viajado para el primer partido de Argentina sin inconvenientes. Sabía que arriesgaba. Su permiso había vencido y llevaba ya 6 meses en situación irregular. “Vimos que no pasó nada en el avión que habíamos tomado antes y nos fuimos igual”, recuerda mientras se sirve un mate.

Al llegar al aeropuerto a las 20 horas y después de dos horas de espera, la detuvieron. Luego de su arresto, comenzó un recorrido por tres lugares, hasta llegar al centro de detención en California City. Agustina comenta que las camionetas de traslado no llevaban identificación. “Podrías estar conduciendo por la autopista y tener una combi con inmigrantes al lado y no te das cuenta”, reflexiona.

Al llegar, la ingresaron a lo que describió como “freezers”, término que usaban las detenidas para referirse a las celdas. Estas eran pequeñas habitaciones de cemento con una ventana diminuta. El aire acondicionado funcionaba al máximo. Hacía tanto frío que Agustina sintió que no podría soportarlo. Las luces permanecían encendidas las 24 horas. En una de esas celdas le proporcionaron una colchoneta de gimnasio y una manta de papel de aluminio, tal como se ve en las películas. La comida consistía en un burrito diminuto, del tamaño de un dedo, con queso, porotos y un poco de jugo.

Su entrada al sistema comenzó de forma formal más tarde. Allí había carteles con los números de los consulados y las alternativas para salir de Estados Unidos. Cuando vio el cartel de la salida voluntaria, lo pidió de inmediato, solo quería irse. Sin embargo, le respondieron que no podía optar por la salida voluntaria y que solo podía solicitar la deportación. No le ofrecieron ninguna explicación clara.

Agustina habla inglés, pero no lo suficiente como para manejar con seguridad una conversación sobre cuestiones legales. Demostró su angustia al pedir que alguien le hablara en español. “No, no tenemos”, fue la respuesta. Cada vez que trataba de explicar lo que necesitaba, la respuesta era: “¿Qué? No te entiendo”, mientras le acercaban papeles para que firmara, obligándola a estampar su firma.

Más adelante, revisando su expediente junto a su abogada, descubrió información que ella asegura no haber firmado. “Firmé, supuestamente, que renuncié a mis derechos a ser juzgada como humana”, cuenta con incredulidad. A partir de ese momento, obtuvo un “alien number”, un número de identificación de nueve dígitos que significaba que dejaba de ser una persona y pasaba a ser un número. “Pasás a ser un número. Tu nombre ya no existe”, subraya.

Hasta que llegó a la cárcel de California City, en medio del desierto, donde pasó la mayor parte de los 15 días de su detención. “Ese lugar es sucio, feo, huele mal. Luces encendidas todo el tiempo y el aire que te congela por completo”, describe. No había agua potable. De hecho, solo había 12 duchas, de las cuales apenas seis funcionaban: tres con agua fría y tres con agua caliente.

En su sección había 85 mujeres. La mayoría eran inmigrantes sin antecedentes criminales de distintas nacionalidades, algunas llevaban allí hasta dos años. Solo había siete teléfonos de línea y 20 tablets diseñadas específicamente para el centro de detención. Agustina se dio cuenta de cómo funcionaba el sistema: a cada detenida le abrían una cuenta al momento de la detención. Si llevaban efectivo, podía depositarse ahí o sus familiares podían enviar dinero desde fuera utilizando una aplicación.

Con esos fondos, podían hacer llamadas, enviar mensajes, videollamadas y comprar diferentes artículos. Los fines de semana, se habilitaba una especie de tienda online donde podían adquirir desde Coca-Cola, papas fritas, sopas y otros productos. También se podía comprar ocio: una hora de música costaba siete dólares, una película, diez dólares. Un par de zapatillas podía costar 30 dólares. Incluso había que volver a comprar el uniforme. “Era un negocio”, dice claramente Agustina. “Había mujeres que gastaban hasta mil dólares por semana. Mi teoría es que cuanto más dinero gastes ahí, más tiempo te tienen detenida”, asegura.

Con esto en mente, decidió gastar lo mínimo y usar su dinero solo para poder comunicarse. “Es un mercado. Todo es plata. Por eso te tienen detenida; para ellos sos un negocio”, repite con firmeza. “Si hay mujeres que se gastan mil dólares por semana, es obvio que les conviene tenerlas detenidas”, añade.

Sin embargo, conseguir siquiera una tablet o un teléfono no era una tarea sencilla. Había 85 mujeres para 20 tablets y siete teléfonos. Cuando una oficial abría las celdas, era una carrera para hacer fila. Las tablets se convertían en un objeto de disputa. Agustina comenta que se formaban grupos y que las ecuatorianas “eran un monopolio”, ya que tenían una gran capacidad de influir y por lo general se colaban en las filas.

Además, había solo dos microondas disponibles, así que las detenidas marcaban su lugar con un vaso para que su grupo pudiera utilizarlo. En medio de esta situación, hubo peleas, pero Agustina decidió mantenerse al margen y no involucrarse en conflictos. “No me quería pelear, me quería ir”, confiesa. Para calmarse, no calentaba su té, lo prefería frío. Por la falta de agua potable, debían descongelar hielo de una máquina que traían los oficiales.

La comida en el centro de detención era “asquerosa”, asegura Agustina. Una vez al mes les daban fruta; cuando a Agustina le dieron una banana, sintió que esa fue una de las mejores cosas de su vida. “No sabés cómo la cuidé. Algunas se reían de mí porque incluso lloré al ver una fruta después de tanto tiempo”, cuenta, mirando al vacío mientras evoca aquel momento.

A su vez, las oficiales que vigilaban las celdas podían decidir cuándo abrir las puertas. Si lo querían, podían dejar a las detenidas encerradas por mucho más tiempo. “Las contestaciones que te hacen están hechas para picarte”, afirma. Todo contribuía a mantenerlas irritadas y al borde del conflicto. Por ello, ella trataba de mantener la cabeza fría. “Son extremadamente racistas. Es inútil pelear con alguien que piensa que su comportamiento le está haciendo algún bien a Estados Unidos”, reflexiona.

“Te hacen una violencia muy sutil. Para mí es peligrosísima la violencia sutil porque va calando hondo”, explica. Siempre estaban en alerta constante, le golpeaban la puerta avisándole que iba a ser trasladada en una hora. Pero esa hora nunca llegó. Y así, pasaba el tiempo, prolongando su angustia.

Ella sabía que podía quedarse mucho más tiempo. No sabía cuándo saldría hasta que, una noche, sucedió algo que cambiaría su suerte. Durante esos 15 días de encierro, Agustina casi nunca había podido ver el atardecer. En un momento, una compañera la llamó para mostrárselo desde el patio. Fue entonces cuando escuchó que alguien gritaba: “108 up”. Agustina se quedó quieta por un segundo. “Esa soy yo”, le dijo a su compañera, en estado de shock. Salió corriendo hacia donde estaban los oficiales.

“Te vas”, le anunció uno de ellos. Todo el patio comenzó a gritar. Sus compañeras la ayudaron a vestirse rápidamente, prepararon su mochila y la abrazaron, compartiendo ese momento de triunfo. Pero junto a la alegría también surgió el miedo. “Es muy extraño salir y sentir cómo te ha desgastado la situación, da miedo salir de ese espacio tan conocido, a pesar de que quieras irte”, explica Agustina con la voz quebrada.

La llevaron al aeropuerto de Bakersfield. Antes de llegar, la camioneta se detuvo junto a un árbol. Le quitaron las cadenas dentro del vehículo, le entregaron su mochila y entró al aeropuerto con los dos hombres que la acompañaban. “Parecíamos tres mejores amigos que nos íbamos de viaje”, recuerda con una sonrisa amarga.

El vuelo a Texas fue breve. Allí, la trasladaron a una sala migratoria donde le indicaron que tenía un vuelo a Roma a las 18:30. Sin embargo, entró un oficial del ICE que le preguntó a gritos por qué poseía el pasaporte de su pareja. Agustina, sintiéndose nuevamente atrapada, pidió hacer una llamada. “Acá no tenés derechos. Hacés lo que yo quiera”, fue la respuesta que recibió, haciéndole recordar su situación de vulnerabilidad.

“En ese instante pensé: ‘listo, de acá no me voy más’”, expresa con tono resignado. “Te destruyen la mente de una manera tan sutil que no te das cuenta”.

Un tiempo después, fue deportada a Italia. En esta ocasión le devolvieron el celular, lo que le permitió avisar a su familia. Sin embargo, durante una videollamada, se dio cuenta de que no le habían devuelto el pasaporte de su pareja. Actualmente, se encuentra en Sayulita, México, donde su abogada revisa el proceso y las irregularidades que, según Agustina, están presentes en los documentos que firmó al momento de su detención. Mientras tanto, su vida parece estar dividida. California era su hogar, el lugar donde estaban sus amigos y su perro Selmo.

Agustina confiesa que sigue en modo “supervivencia”; tiene pesadillas recurrentes y siente miedo cada vez que se encuentra en un aeropuerto. “Te meten presa y te rompen la psiquis”, concluye.

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