No es un número certero, pero según el último censo –hecho en 2022– se estima que hay entre 250 y 300 yaguaretés en nuestro país. La región chaqueña es la más crítica de todas; hasta hace tres años se registraban siete ejemplares libres y cinco eran machos: hoy hay nueve.
Si bien la cacería fue históricamente la principal causa de muerte de estos felinos, desde hace al menos dos décadas la pérdida de los bosques ha provocado que los yaguaretés tengan menos espacio para desplazarse. Y los disminuidos “tigres”, como los llamaban al inicio en la Argentina, al tener menos territorio tienen más encuentros con el ser humano. Esto genera conflictos que muchas veces terminan con un animal muerto.
Varias iniciativas lograron comenzar a revertir esta tendencia trágica. La mayoría de ellas se dedica al monitoreo y protección de estos animales, así como al trabajo con los gobiernos y la sociedad civil para educar y diseñar modelos integrales de gestión.
En 2019, la organización Rewilding Argentina, en conjunto con la Administración de Parques Nacionales (APN), inició un proyecto que busca rescatar al yaguareté de la extinción. Se instaló junto al río Bermejo, dentro del Parque Nacional El Impenetrable, en Chaco.
Su objetivo es reinsertar a la especie. Crían, cuidan, monitorean y liberan a estos felinos. Fueron los primeros en traer hembras y lograr engrosar, aunque sea un poco, la población. Sin embargo, del otro lado del río, en Formosa, se corre el constante riesgo de que, con un disparo, el esfuerzo de años se esfume.
“La visión la tuvieron los Tompkins [Douglas y Kristine, oriundos de Estados Unidos] y, cuando en el ’98 compró el Iberá, pensó a este lugar como un nodo de recuperación ecosistémica. Con su experiencia con la vuelta del lobo en Yellowstone vio en Iberá la posibilidad de proteger al yaguareté. Era una zona que no estaba muy habitada. Yo empecé en 2005 a trabajar con esa visión”, describe Sofía Heinonen, CEO en Rewilding Argentina.
Ella explica que, por casi 15 años, el trabajo de la organización fue impulsar esta agenda entre gobiernos y vecinos. Una vez que estuvo la decisión política, la parte de la liberación fue fácil. “En 2021 liberamos el primero y ahora hay más de 50″, comentó Heinonen, y sumó: “Lo que estuvimos viendo es que en Iberá los juveniles se empezaron a dispersar y se fueron al Paraná. Y ahí nos dimos cuenta de que los parques nacionales empiezan a quedar chicos en términos de conservación. Por eso pensamos que es necesario diseñar corredores, y los mismos yaguaretés nos guiaron hacia los ríos. Es por los ríos que nos conectamos. Es algo que en el pasado era obvio, pero nos habíamos olvidado. El río Paraná nos une con Paraguay, el Uruguay con Brasil, y el Bermejo con Bolivia”.
En la Argentina, y en el mundo, funcionan como una especie de autopistas para los animales que habitan allí. En especial para el yaguareté en la Argentina, entender esto ha sido fundamental para comprender su movimiento y abonar la recuperación de la especie. El río es, antes que todo, un medio de vida, de transporte y de encuentro.
Los pobladores usan el agua para bañarse o para riego, los productores sueltan su ganado para hidratarlos y los animales silvestres también bajan al cauce. Todos se encuentran allí, cerca de los ríos, y de esa convergencia se sintetiza el mayor y más profundo conflicto. Allí es donde el “tigre” se encuentra con el humano y sus animales.
En esta cuenca, los ríos enfrentan contaminación, canalizaciones, extracción y uso intensivo del agua, además de la construcción de represas que modifican los ciclos naturales de crecidas y afectan la conectividad. A esto se suma la pérdida de bosques nativos.
Hace unos días, cuatro organizaciones de conservación de la Argentina, Bolivia, Brasil y Paraguay lanzaron Jaguar Rivers, una iniciativa transnacional que busca restaurar y reconectar los ecosistemas de la cuenca del río Paraná, una de las principales redes naturales de América del Sur y un territorio del que dependen más de 100 millones de personas. El proyecto apunta a recuperar corredores de biodiversidad y fortalecer áreas protegidas en una región atravesada por la deforestación, la contaminación, las represas y distintas formas de intervención sobre los ríos.
La iniciativa reúne a Fundación Rewilding Argentina, Nativa, Onçafari y Fundación Moisés Bertoni, con el acompañamiento de Tompkins Conservation. El objetivo es articular experiencias de conservación que ya fueron desarrolladas en distintos puntos de la región y llevarlas a una escala mayor, con una estrategia común para proteger poblaciones de fauna y recuperar ecosistemas degradados.
“Decidimos juntarnos con pares que tuvieran redes, vínculos con gobiernos, con sociedad civil y con empresas. De esta forma, rápidamente podemos construir una visión común que es proteger los ríos”, explica Heinonen. El primer paso que plantearon fue unir El Pantanal con Iberá en términos de protección. “Sería algo como tener una flota común con presencia continua, fortalecer redes con los pobladores y poner el foco en el río. El río no se protege porque nadie le está poniendo atención”, detalla la experta.
El eje de Jaguar Rivers son los ríos de la cuenca, considerados –como se dijo– corredores naturales para el desplazamiento de la fauna y la conexión entre distintos ecosistemas. El proyecto propone establecer una red de áreas protegidas o “arcas”, sitios intermedios que funcionen como puntos de conexión y “paisajes integrados” donde la conservación pueda convivir con actividades productivas. La apuesta es que estos espacios permitan recuperar poblaciones de especies nativas y facilitar su desplazamiento a través de territorios hoy fragmentados.
A esto apuntan al implementar nuevas tecnologías para monitorear el estado de los ríos. Con estas herramientas plantean analizar niveles, sedimento y estado general de las zonas ribereñas. Heinonen advierte: “Perdimos esa relación con el río y es algo que nos une con una misma historia. Eso lo tenemos que reconectar”.





