No existiría la figura de Ulises sin los enfrentamientos con los cicones, los lotófagos, Circe, los lestrigones, el cíclope, las sirenas o Calipso. Su regreso épico sería un mero paseo de no haber lidiado con todas estas adversidades.
Sin sufrimiento no hay épica; sin épica, no hay leyenda. Asimismo, el desenlace de Messi en la Selección no sería el mismo sin su propia travesía.
El Messi que todos conocemos, que a una edad temprana se inyectó hormonoterapia para crecer y que un día trazó sus ilusiones en una servilleta en el Barcelona, ha ido forjando su destino entre numerosas vicisitudes. Detrás de la gloria que representa su figura, hubo momentos en los que se sintió perdido con la camiseta de la Selección, distante del imponente jugador que deslumbraba cada fin de semana en el Barcelona.
Los recuerdos incluyen varias ocasiones en las que Messi parecía ausente, deambulando por el campo y sin poder impactar en momentos cruciales, mientras la Selección sufría derrotas. Era evidente que se necesitaba su talento al nivel que ostentaba en su club, pero en esos periodos sus actuaciones con la albiceleste no lograban hacer justicia a su calidad.
La historia de Messi está marcada por altibajos, con frustraciones en competiciones americanas y una sequía de éxitos en cuatro mundiales sin lograr avanzar. En Alemania, fue una joven promesa; en Sudáfrica, un engaño al no marcar; en Brasil, una actuación significativa pero con un desenlace decepcionante, y en Rusia, un regreso tras su renuncia en 2016, cargado de la sensación de no haber podido romper la maldición de la gloria compartida con su país.
Cinco Copas América consecutivas sin títulos llevaron a un cambio. No fue que empezó a ganar porque supo hacerlo, sino que comenzó a triunfar tras experimentar un cambio interno al vestir la celeste y blanca.
Esto se evidenció en 2021, cuando no solo brilló en el torneo, sino que tomó su rol de capitán de una manera que hasta entonces no había mostrado, más allá de los resultados. Cuando Colombia empató en la semifinal y resurgieron los fantasmas, Messi ya no estaba cabizbajo, sino que pedía el balón con determinación.
Hasta entonces, nunca lo habíamos visto instar a sus compañeros con un enérgico “¡Vamos a tenerlaaaaaaaa!” o confrontar al árbitro con tanto fervor. La noche del ‘mirá que te como, hermano’ del Dibu Martínez estableció un nuevo estándar.
El desenlace llegó con la celebración del triunfo en Brasil y la consagración en medio de un espejo roto. Su historia se siguió construyendo con la Copa del Mundo en Qatar, un triunfo en la finalísima, otra Copa América y la final del último Mundial. Messi se mantuvo como un capitán notable, no solo por los títulos, sino porque al aceptarse en su papel mostró el potencial que lo elevó a la grandeza.
Así como Ulises se fortalece ante cada adversidad y llega a Ítaca en su madurez, Messi también ha demostrado su grandeza, anotando 15 de sus 21 goles en mundiales después de los 35 años. Mientras Ulises enfrenta las pruebas con los brazos extendidos, Messi derrota a Inglaterra en una semifinal crucial, consciente de que en esa jornada su padre no podría estar presente.
La monumental historia de Messi en la Selección no podría comprenderse sin los años de frustraciones. Ignorar esos momentos en los que fue un jugador más sería restarle valor a su relato, que se basa en su capacidad de levantarse. Su proceso de reinvención y su lucha constante por mejorar son los aspectos que realmente magnifica su figura y aseguran su legado eterno.




