Lo que sucedió en Buenos Aires el sábado de octubre se recordará por mucho tiempo. El conjunto burkines se vio forzado a reemplazar a varios jugadores y convocar a juveniles Sub-23, luego de un largo viaje de 12 horas desde Marruecos hasta cruzar el Atlántico. Aterrizaron en Ezeiza a las 3 de la tarde y a las 9 de la noche ya estaban en el campo de juego enfrentando a la selección argentina. Sorprendentemente, su vuelo de regreso a casa estaba programado para la madrugada del día siguiente.
El partido, que fue el último antes de la despedida de Messi, estuvo pintado de improvisación, y la verdadera incertidumbre se disipó solo cuando el equipo burkines descendió del avión. El trámite de migraciones fue veloz, sin tiempo (ni probablemente dinero) para hacer una parada en el free shop. Con sus pasaportes en mano, se subieron a un micro que los llevó a un hotel céntrico que los esperaba.
Comieron una vianda y algunos estiraron las piernas en el lobby antes de volver a abordar el micro a las 6 de la tarde para dirigirse al estadio Monumental. En un vehículo aparte, los utileros transportaron el equipaje directamente desde Ezeiza hasta Núñez, como si estuvieran en una competencia de Fórmula 1. Los jugadores lucían barbijos, vestimenta ligera, ojotas, y el cansancio era evidente en sus rostros.
La primera reacción de los futbolistas africanos llegó al pisar el césped, cuando los hinchas, que inicialmente los abuchearon, comenzaron a aplaudir. Ellos se tomaron selfies, y los más atrevidos se acercaron al vestuario argentino en busca de algún recuerdo.
El partido fue igual de fugaz, con la Scaloneta ganando 2-0 a solo 10 minutos del inicio y cerrando el primer tiempo con cinco goles en su haber. En la sala de prensa, los periodistas se mostraban más confundidos que los defensores del equipo visitante, con dificultades para recordar los nombres de los jugadores.
Desde el banco de suplentes, los futbolistas burkineses observaban impresionados la eufórica reacción del público, especialmente cuando se entonaron canciones relacionadas con las Malvinas. A pesar del primer tiempo desfavorable, los que ingresaron al juego se comportaron con respeto y admiración hacia sus contrincantes argentinos.
Tras el partido, esperaron pacientemente a que los jugadores de la Albiceleste saludaran al público, y luego hicieron su propia vuelta de honor, recibiendo una ovación de los hinchas.
En el vestuario, se produjo un canje de camisetas, solicitado por varios jugadores durante el transcurso del partido. Por ejemplo, Ousmane Camara, uno de los más destacados de la selección, compartió en redes que regresó a casa con dos camisetas: una de Nico González y otra con el número 10 de Lionel Messi.
Así, el conjunto burkines cumplió con su cometido. Este domingo, a tan solo 18 horas de haber llegado, emprendieron su viaje de regreso a casa, convirtiendo lo ocurrido en esos 90 minutos en una experiencia inolvidable.





